La aldeanita del clavel rojo

Aldeanita del clavel rojoDesconozco su nombre propio. Tampoco sé nada de su persona ni de su familia. ¿Deseo, de verdad, conocer algo más acerca de esta muchachita? Lo único que conozco de ella es este retrato que le hizo el pintor bilbaíno Adolfo Guiard (1860-1916) el año 1903 (el mismo año que nació mi padre).
Título del cuadro: La aldeanita del clavel rojo (Pintura al óleo, sobre lienzo de 73 x 60 cm). Museo de Bellas Artes de Bilbao.
¿Es, de verdad, una niña de caserío, o más bien una niña de Bilbao o de Baquio (población donde residió el pintor), que posó de modelo? Varias veces he tenido tentaciones de buscar en la bibliografía sobre Guiard, para encontrar algún estudio sobre este cuadro, que me diera respuesta a estas preguntas; o de realizar otras indagaciones con el mismo fin.
Prefiero dejar libre mi imaginación y hacer hipótesis, soñar, o divagar, a partir del mismo cuadro –solo del cuadro–, que pertenece a la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao –una razón importante, entre otras, para visitar este museo–, y que varias veces he contemplado con calma, y en alguna ocasión durante bastante tiempo. Me llamó la atención la primera vez que estuve delante de él, cuando llegué a vivir a Bilbao, hace más de cuarenta años. Unos años después, me hizo fijarme en él y admirarlo todavía más, Roberto Arberas, antiguo profesor de Literatura en el Colegio Nuestra Señora de Begoña, buen compañero que ‘saboreaba’ Bilbao y disfrutaba ensañando a ‘saborearlo’, incluso sus pequeños detalles.
En los ratos que he pasado frente al cuadro he esperando alguna vez que la niña tome por un momento el clavel con la mano que tiene libre, y me diga algunas palabras, que me comunique algo de ella misma. Pero no, no lo hace; se limita a mirarme, a mirar al espectador, a ‘mirar mi mirada’, como dijo Unamuno, con esos grandes ojos, y me deja a mí la tarea de imaginar, con el riesgo de equivocarme. Riesgo de equivocarme que asumo con gusto. ¡También hay que dejar un espacio a la fantasía en este mundo tan cuantitativo, inundado de imágenes prefabricadas y positivista. ¿O será que lleva el clavel entre los labios precisamente para mantenerse en ese bello y misterioso silencio?
Es una niña de unos once años. Desde el punto de vista cromático, en el cuadro destaca por contraste el clavel rojo entre el azul que domina el cuadro. Rojo y azul son colores complementarios; evidentemente, cuando no simbolizan tendencias políticas. Pero llama también la atención el cántaro que lleva sobre la cabeza. Sin aventurar mucho, pienso que es de leche, una cántara de leche, que lleva del caserío a las casas de la ciudad. He mirado con detenimiento a ver si lleva una rodilla o rodete entre el cántaro y su cabeza. A algunos lectores de este artículo les extrañará el uso aquí de la palabra ‘rodilla’. ¿Qué es eso? Durante mi niñez, en Ablitas y en La Codoñera, era habitual ver a las mujeres con carga en el cabeza (de la fuente, de la panadería, del campo), pero tenían cuidado de interponer un paño, previamente arrollado, en forma de círculo, entre la carga y su cabeza. Esto era la rodilla. Me da la impresión de que con la trenza de sus cabellos, arrollada, ha improvisado una rodilla para suavizar el impacto del peso del cántaro sobre su cabeza.
Al contemplar esta escena siento el peso de ese cántaro, como si estuviera sobre mi propia cabeza. Pienso, sobre todo, en el contraste de mi niñez, dedicada a aprender y a los juegos propios de los niños de pueblo, con la vida de ella y de esos otros niños obligados a trabajar para sobrevivir o, peor, que son víctimas de la explotación infantil, o de los niños convertidos en soldados, destinados a matar y a morir. Es el peso de una niñez vivida con dureza. «Tiene que trabajar, como su hermano». Es todavía niña, pero ya es mayor o, más bien, la han hecho mayor prematuramente. De alguna manera, le han robado la niñez. Ya mujer trabajadora sin haber sido niña ni adolescente. Así la vemos, vestida de mujer mayor y trabajando como una persona mayor.
Sin poder jugar como juegan las otras niñas que aparecen en el cuadro, vestidas como correspondía a su edad en aquellos años. ¡El trabajo de los niños! A ti te hacen trabajar –«¡Vivimos en tiempos duros, muy duros!»–, pero luego encuentras el cariño y la protección de tus padres y de tu hermano, a la vez que puedes disfrutar a diario del calor de hogar. Si hubieras nacido un siglo más tarde, seguro que lo hubieras tenido más fácil el poder estudiar. En aquellos años tus padres ni podían soñar en que pudieses estudiar. Pero, en definitiva: ¿Para qué tanto estudiar?¿No hay otra forma de ser feliz?
Interrumpo mi reflexión porque quiero dejarle hablar a un gran bilbaíno universal. Miguel de Unamuno, admirador de la pintura de Adolfo Guiard, dice de él: «Era de los que primero dibujan la figura, y a todo conciencia, y luego le dan color. Un color ligero y trasparente. Nunca olvidaré a este respecto lo que le oí un día a un hombre de pueblo que contemplaba en el escaparate de la tienda de Pacho Gaminde, en la calle del Correo, un cuadro de Guiard… después de haberlo observado bien, exclamó: “¡’Parese’ un trasparente!”… La luz, la luz azul casi siempre o de un verde tierno viene detrás de las figuras, de dentro de ellas más bien». Y, don Miguel, claro está, no se olvida de nuestro cuadro: «Mirad aquella encantadora muchachita azul, con su flor roja en la boca, que os mira a la mirada desde aquel cuadrito del Museo de Bilbao y decidme si no es como un espesamiento o cruzamiento del paisaje, como la conciencia del paisaje en que aparece. No sabéis si ella espesamiento de ese paisaje o si el paisaje salió de ella y es su difusión».
¿Qué pensamientos encierras en esa cabecita de niña, si es que el peso del cántaro, lleno de leche, te permite pensar en algo? Tal vez no piensas en nada concreto. Vives y sientes, que no es poco; que lo es todo. Cuando vas por las calles de Bilbao, de casa en casa, repartiendo la leche, tal vez alguna mujer te pregunta: «¿Qué tal tu ama?», o «¡Qué mayor te has hecho y qué guapa! ¿No vas a la escuela?». Incluso es posible que alguien, desconsideradamente, te espete «¡Me traes una leche aguada, y además cara!». Y tú sabes que la leche que repartes es buena, muy buena. Lo primero que has hecho esta mañana, antes de desayunar, ha sido ordeñar la vaca para llenar el cántaro. Todos los días el mismo recorrido y la misma tarea. «¡Pobre niña!». ¿Pobre?
Y, sin embargo, no te veo triste; tampoco alegre; tal vez con ese toque de melancolía, pero sin amargura, que realza el encanto de tu rostro. El cántaro no te aplasta, sino que eleva tu estatura y ennoblece tu figura, como si fuera una corona real. Tu mirada es serena, trasparente y limpia. Tu amplia y armoniosa frente, sugiere viveza y perspicacia natural, a pesar de no haber ido, o de haber ido poco, a la escuela. Tal vez piensas en otros niños que trabajan en las minas, en condiciones menos favorables que las tuyas. ¿O piensas en ‘El cho’ (‘El grumete’), ese otro niño, a quien Adolfo Guiard ‘sorprendió’ en la cubierta de un barco anclado en la Ría, con una berza delante, sobre una improvisada mesa, y un cuchillo en la mano para cortarla, mientras se rasca la cabeza? Otro niño-adulto, grumete o marmitón, en el trabajo. ¿Os conocéis? ¡Qué tontería digo, si estáis cerca en la sala del museo. Uno de tus pensamientos seguro que es el de agradecimiento a Adolfo Guiard por haberte sacado del anonimato a ti, y contigo a muchas niñas y niños como tú; por haberos convertido en protagonistas.
Eres el centro del cuadro. En realidad, eres el cuadro; el cuadro entero. El árbol, el suelo, el muro, las otras niñas, el fondo (me imagino que es algún lugar de las orillas de la Ría) son secundarios a tu figura, son tu prolongación y tu escenario. Vestida de aldeana –por eso te llaman ‘la Aldeanita’–, apareces como una reina o como una princesa, eso sí, con una corona un tanto singular. Una muestra más de la grandeza de lo pequeño. Porque sí; has pasado a la historia del arte con el nombre de «La aldeanita del clavel rojo». Dicho sea de paso, seguro que hoy te hubieran puesto otro nombre, o le hubieran dado otro título al cuadro; ya no suena bien eso de ‘aldeanita’ o ‘aldeano’, aplicado a los que viven y trabajan en el caserío o en aldea. Aunque ‘aldea’, la verdad, no tiene nada de negativo –todo lo contrario– y, si no, que se lo digan a Fray Antonio de Guevara, que en el siglo XVI escribió, con su exquisita prosa renacentista, aquel inspirado canto a la vida de la aldea que lleva por título Menosprecio de corte y alabanza de aldea. En el caserío vives al aire libre, con más luz que en las calles del viejo Bilbao. La naturaleza es tu segunda madre y tu mejor amiga.
Me transmites paz, calma y una sensación de perennidad, de que el tiempo no pasa. Me atrevo a preguntarte: ¿Cuál es tu secreto para que, a pesar de tu fatigosa e injusta vida de trabajo prematuro, muestres esa contagiosa serenidad y equilibrio, que no es indiferencia ni impasibilidad? ¿Cómo encuentras sentido a tu vida, tan monótona? Pero no me respondes con palabras, sino con tu mirada que mira mi mirada. Siempre tu mirada serena y misteriosa. Me miras fijo y adivino que me quieres decir algo así: «Busca en tu interior, mira dentro de ti, y da tu propia respuesta». Sencilla y magnífica lección de una niña trabajadora.

Posdata:
Iré a saludarte un día de estos a tu querido museo. No me conformo con ver la reproducción de tu cuadro en papel, a pesar de ser de parecidas dimensiones que el original, en una sala de la Universidad, a muy pocos pasos de donde estoy escribiendo. De paso, me fijaré en esa fuente–banco del parque de doña Casilda, que el pueblo de Bilbao dedicó a tu pintor. ¿Aparecerá alguna vez tu nombre junto al del pintor? «Fuente-banco del pintor Adolfo Guiard y de la Aldeanita del clavel rojo».

Deusto-Bilbao, cuatro de marzo del dos mil quince

En formato PDF: La aldeanita del clavel rojo

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